“ROMPER LA HORA” (HÍJAR)

20 04 2011

A veces, una simple escapada de un par de días a un lugar bien elegido puede dejarnos un recuerdo inolvidable. Hace unos  años, en la sobremesa de un día de Jueves Santo,  decidimos ir a conocer   “Romper la Hora” de Híjar. Habíamos oído hablar de  este acto y la posibilidad de vivirlo en directo nos resultaba de lo más atractiva. Nuestras hijas, que todavía viajaban con nosotros, también mostraron su entusiasmo. Así que,  sin tener nada planeado de antemano, salimos de Pamplona por carretera rumbo a Teruel. Llegábamos pasada la media tarde,  lo justo para cenar y localizar la Plaza de España en Híjar,  donde iba a tener lugar “Romper la Hora”.


Nada más llegar al pueblo se palpaba algo especial en el ambiente. Conforme se iba acercando el momento de “Romper la Hora”, la gente en riadas, por cuadrillas, por familias, desde los abuelos a los nietos más pequeños, todos ataviados de cofrades con túnicas  negras, y portando bombos y tambores de todos los tamaños, se iban aproximando a la plaza, al igual que numerosos curiosos que como nosotros, se habían acercado de otros lugares.


Con una rotunda luna como testigo, unos minutos antes de las 24 h se hizo un silencio sepulcral y todo el mundo dirigió su mirada al alcalde situado en el centro de la plaza.

A las 24 h en punto y obedeciendo la señal dada por su batuta, todos los bombos y tambores comenzaron a sonar al unísono y el estruendo fue tal que su fuerza nos empujó hacia atrás, sintiendo una sensación única, una mezcla de emoción y sorpresa.


A partir de este momento, los cofrades se fueron repartiendo por las diferentes calles del pueblo, alternándose de tal manera que el sonido de sus bombos y tambores se oyó durante toda la noche, rompiendo el silencio hasta el mediodía.

 La experiencia fue preciosa, no sólo se cumplieron nuestras expectativas, sino que  el recuerdo nos va a hacer volver.  Emociones así  hay que sentirlas más de una vez.

Juana Mª Igarreta, 20/04/11.





UN CUENTO “REAL”

16 01 2011

En Navidad solemos poner el belén sobre la mesita del recibidor, ya que es el sitio más idóneo para tal menester. Dicha mesita, durante el año, suele estar decorada con algunas figuras y un pequeño jarrón con flores, pero también sirve para colocar en ella las llaves y los teléfonos móviles de quienes en cada momento nos encontramos en casa. Y cuando uno se acostumbra a dejar las cosas en un sitio, tiende inconscientemente a seguir haciendo lo mismo. Es lo que a mí me ha ocurrido, en más de una ocasión, estas pasadas navidades; seguí dejando el móvil en la mesita, aprovechando un pequeño espacio vacío en el musgo del belén.


Lo que os vengo a contar sucedió en Nochebuena. Nos juntamos para cenar los de casa y algunos familiares más. Con el bullicio que organizamos, no pude oír que sonaba mi móvil. Por otra parte, tampoco esperaba en una noche así ninguna llamada. Pero sí la hubo y además insistente… aunque yo no lo supe hasta cuatro días después.


Efectivamente, el día 28 de diciembre recibí una llamada en mi móvil desde un número codificado con las cifras 2412, que estuve a punto de no atender ya que no sabía quién me llamaba. Contesté y oí que me decían – Soy Lucas Aranda de Movifone, ¿sería tan amable de ponerme con el “Rey Melchor”?… tuve el gusto de hablar con él el día de Nochebuena… Caí enseguida en que era el día de los inocentes y le contesté… – vaya con bromitas a otra parte… y ya estaba a punto de colgarle, cuando escuché: – veo que usted no comparte el buen humor de su compañero de piso….


En este punto me picó la curiosidad y le dije que me contara exactamente cómo había sido la conversación a la que se refería cuando llamó en Nochebuena a mi móvil, y así me la contó:


– ¿Quién llama a estas horas, qué ocurre?


– Soy Lucas Aranda y le llamo desde Movifone ¿Es usted don…?


– Soy el Rey Melchor y ¿usted, quién es?


– Le felicito por su gran sentido del humor…


– Perdone, pero voy camino de Belén y no tengo tiempo que perder…


– ¿Usted se quiere quedar conmigo…?


– ¿No le estoy diciendo que tengo mucha prisa?, dígame de una vez qué es lo que quiere…


– Sea usted quién sea, quiero darle una buena noticia…


– Perdone, supongo que la buena noticia es que ha nacido El Mesías…


– Ya veo que se toma usted muy en serio esto de la Navidad. Como ya le he comentado, soy Lucas Aranda y le llamo desde Movifone para ofrecerle nuestra Oferta Estrella que estoy seguro usted no querrá perderse…


– Disculpe, pero mis compañeros Gaspar y Baltasar y yo ya tenemos una estrella que nos guíe. Venimos desde Oriente siguiéndola,  ella es la que nos conducirá hasta Belén y no tenemos ningún miedo a perdernos. Y ahora tengo que dejarle, me están esperando.


Así terminó, al parecer, esta inaudita conversación.


Me despedí del tal Lucas Aranda pensando que tal vez se tratase de una inocentada muy elaborada, pero al comprobar en el registro del móvil que existió tal llamada, en Nochebuena y desde un 2412, me quedé perpleja.


A partir de este momento me propuse indagar entre los familiares para saber quién era el misterioso “Rey Melchor”, pero las pesquisas resultaron totalmente infructuosas. Solo me queda pensar que realmente fue cosa de “magos”.


FIN

Juana Mª Igarreta (enero 2011)





EL BORRÓN

5 06 2010
Un relato de Manuel Igarreta Egúzkiza

Luisito tenía siete años. Era, como suele decirse, un angelillo, y un sol, al decir de doña Filomena, su madre. Aunque, si hemos de ser veraces, coincidiremos con el maestro del pueblo que lo tiene por angelito de los bajados del cielo a escobazos, por ciertas travesuras de diablillo candoroso que hacían de él un angelote picaresco de navidad.

¿Se han dado ustedes cuenta de que los diablos también son ángeles? Pero ángeles negros de fiera mirada y … con cuernos. Luisito era un niño rubio de ojos azules, un ángel joven, un ternerillo sin cuernos.

*                           *                          *

El “pueblo” de Luis no es un pueblo. Un puñado de casas blancas clavadas con pinos a las faldas de un monte. Uno más, igual, entre las minúsculas aldeas de los Bajos Pirineos. Las calles, que tiempos ha estuvieron empedradas, murieron a cuchilladas bajo las llantas metálicas de los carros. Por eso en verano son de polvo y, cuando llueve, de barro.

La arteria central, pendiente, contiene un regacho en el centro y, dado el carácter lluvioso de la región, muy pocas veces está transitable a lo largo del año. Caminos de carro, a vueltas y vueltas, descienden al soto. Allí, corre tranquilo el río, minúsculo, en silencio, cubierto de matas y arbustos. Sólo se escucha el leve murmullo del agua cuando besa los guijarros y muy cerca, en paralelo, corre otro río. Éste, de asfalto. Carretera general, camino de Francia. Allí los senderos afluyen; otros vadean el río en puentes rústicos, de estilo aldeano, en busca de huertas, del pueblo vecino; o bien serpentean, lomas arriba, en busca del viejo castillo, hasta la fuente tranquila en que bebe el pastor en días de agosto. Los viejos hablan de “Ichuru”, el monte legendario de brujas y aquelarres, desconocido ya para los jóvenes que no van al campo. En lo más alto del pueblo, la iglesia. Y la cruz de la iglesia en el alto. Una cruz que se quema año tras año, cuando el rayo de negras tormentas, tras la casa del noble labriego o tras el pastor y su rebaño, encuentra la cruz salvadora, la quema … Al día siguiente sube un zagal al monte y coloca una nueva cruz, de palo. Nadie conoce mejor defensa ni mejor pararrayos.


No sé porqué en todos los cuentos sale un día sombrío, de cielo cubierto por nubes opacas. Un día de estos comienza nuestra historia.

Cinco dindanes de bronce cascado en el reloj de la vieja torre, que, según dicen, se mantiene en pie por no dar trabajo, pequeño milagro de un pueblo que no cree en milagros. Como todos los días, esas cinco campanadas son una sola señal. El maestro reza una salve, y un credo, y un padrenuestro al patrono del pueblo. Todos los chicos salen al patio, no sin antes haber cantado un himno nacional con sones escatológicos y haber liberado de la intemperie una bandera descolorida, de trapo. La tarde amenaza tormenta. En el horizonte, algún relámpago silencioso. La algarabía de tanto chiquillo ahoga conatos de trueno. Comienza el juego, y dura poco. Se intensifican los ruidos del cielo; con las primeras gotas se rompe el marro. La Felisa llama a sus hijos mientras Perico mete el caballo a cubierto. En el patio de la escuela los amigos de siempre prosiguen su juego. Tute, retute y gua. Son Pancho y Luisito. Y entre bolo y bolo, entre chiva y chiva, entre polvo y barro, surge la duda. ¿Se pueden coger los rayos? Pancho dice que sí; no está Luis tan seguro. La dificultad está en que queman. Pues creen que los rayos son barras torcidas de hierro forjadas en la fragua de Vulcano. Luego, Dios los deja caer del cielo y quedan en la tierra, enterrados. Y el que los encuentra se hace rico, porque hay señores de la capital que pagan mucho dinero por esas minas de hierro que se han formado con rayos. De la porfía nace la apuesta. Pancho quiere coger un rayo; Luisito dice ¡imposible! Y deciden subir al monte a comprobarlo. Quien tenga razón gana cuatro canicas, cuatro canicas de barro.


En animada charla el camino parece más corto. Quedó la iglesia allá abajo. La cruz del monte aparece y desaparece como la luz. La luz no existe en la noche negra. Sólo brilla, de vez en cuando, una culebra de fuego en medio del estruendo. Luisito siente miedo, pero calla ¡no va a ser más cobarde que Pancho! La cruz está ahí.

–              A ver. Pon la mano, Luisito.

–              Primero tú, que te toca, Pancho.

Luisito alza la mano, indeciso. Hay que esperar que caiga un rayo en la cruz. Ahora toca a Pancho. De pronto, un rayo ha bajado del cielo. Todo ha sido un segundo. Menos. Todo ha sido un relámpago. Confusión. Gritos. Llanto. Llamadas. Pancho, tendido en el suelo, no responde. Luisito corre hacia abajo. Cae y tropieza, tropieza y cae, pero no siente los golpes. Cuando llega a casa, horrorizado, cuenta que ha visto dos rayos . Uno del cielo a la tierra y otro de la tierra al cielo. El alma pura de Pancho fue otro relámpago.

Al día siguiente un muchacho sube al monte. Lleva dos cruces: una de piedra y otra de palo. Y un letrero que dice:”Aquí murió Pancho.


Un entierro de pueblo. Han venido todos los curas del valle. Cantan con voz ronca desde el coro. Nadie trabaja hoy. En el cementerio, todos son llantos. Todas las mujeres lloran, tal vez por costumbre. Luisito también llora, y la gente le dice:”Tú lo mataste, desgraciado”. Mientras bajan la caja a la fosa los siete curas rezan siete responsos. La gente va tirando puñados de tierra.

–              Anda, Luis. Despide con tierra a tu amigo Pancho. Junto con ella, Luisito echa cuatro canicas de barro. Y parece oírse una voz: ”Gracias, Luis. También en el cielo jugamos a bolos.


___________________________________________

¿Otro día más? Para muchos, sí. Luisito dice que no. Hoy hace un año.

Son las tres de la tarde. Comienza la clase. Entran los que nunca llegan a punto, con un Ave María Purísima en los labios. El maestro dice: “Sin Pecado Concebida. Sentaos. Sentaos”. Y con un libro forrado en cuero comienza el dictado. Luisito recuerda. Hay un sitio vacío en clase. El maestro, pausadamente, sigue dictando. “El ángel de Aralar es el tema”. Luisito se confunde. Cuando escucha ángel pone Pancho.

–              … “y fue derrotado el diablo”.

Nueva falta. Cuando acaba la frase se ha producido un desmayo. Luisito se ha caído al suelo, y un borrón de tinta negra ha tachado el “blo” de diablo. Nueva frase. “ y fue derrotado el dia”. Don Valeriano, el maestro, puso un acento inclinado en dia. ¿Fue derrotado el día? La noche llegó a media tarde con un vagón de relámpagos. Luisito, en cama, delira. En el pueblo se comenta: -“el hijo de la Filomena se muere. ¡Precisamente hoy, que hace un año!” En medio del delirio Luisito escucha: “hoy mismo jugarás conmigo a bolos en el Paraíso”.


FIN






LA LECHERA

13 04 2010


Iba un universitario por el camino de la vida. A pesar de ir en la carrera, lo hacía lentamente y meditando cada paso para no dar un tropezón.  Mientras caminaba, pensaba no en el pasado, que parecía demasiado triste, ni en el presente, que parecía confuso. Pensaba en el futuro que, aunque incierto, siempre permite campo ancho a la imaginación sin excesivos compromisos.

– Con estos dos talentos, pensaba, me haré dos carreras. Una carrera me dará dinero; la otra formación, y hasta brillo; las dos, capacidad de servicio. Cuando haya terminado me comprometeré seriamente en la hechura de un mundo mejor, de acuerdo con los principios que durante estos años haya asimilado. Cuando me haya formado, cuando por fin sea yo, tendré capacidad de darme, y me daré por completo. Seré un profesional honrado, un ingeniero intachable, plenamente humano a pesar de la frialdad de los números, plenamente responsable a pesar de la inconsciencia de las máquinas, evangélicamente pobre a pesar del probable bienestar económico. Seré más amigo que director, más servidor que juez, más pueblo que “élite”. Pondré todos mis esfuerzos en la redención de la clase obrera, apoyaré la participación en la empresa, la anulación de las injustas diferencias en los salarios.

En esto, el universitario se dio cuenta que había llegado al final de la etapa. Colocó los libros, bien ordenados, en su biblioteca, y ocupó su puesto. Y desde allí vio a casi todos los hombres tan lejos que creyó haber vivido equivocado hasta entonces. Y vio que allí se estaba bien, y que a veces los principios mejor están escondidos en el fondo de la mente, para hacerlos brillar en torrentes de palabras en tertulias, donde resbalan plácidamente, pero no en ciertos sitios donde pudieran tomar  la palabra y crearse una situación de compromiso. No volvió a moverse de aquel puesto alto más que para recoger el reloj de oro que un día se le cayó y que estuvo a punto de ir a parar a manos de los de abajo. De vez en cuando solía regalarles unas cajas de puros y trajes, todavía en buen estado. Y dicen que algunas veces le remordía la conciencia, pero que con tesón pudo acallarla para siempre.


FIN





EL ABUELO

27 03 2010

Relato de Manuel Igarreta Egúzkiza

Cuando terminé la carrera en la Facultad de medicina mi ilusión era parecida a la de la inmensa mayoría de los mediquillos: un despacho con nutrida clientela, un buen refuerzo económico en alguna clínica o sanatorio y, a ser posible, algún pellizco del Seguro Obligatorio de enfermedad. Pero mis posibilidades, tan escasas como mi sentido realista de la vida, no dieron para tanto. Ni poseía ese caudal del que mamar en tanto mi clientela se hiciera ni con el que mantener una consulta abierta y adquirir un mínimo de instrumental. El instinto de conservación me empujó a aceptar una plaza de médico titular en un valle difícilmente localizable en un buen atlas de Geografía. Allí donde la carretera general comienza a llamarse puerto, tras varias horas de marcha por un camino vecinal mal construido y peor conservado, allí comencé mis primeras luchas profesionales con los campesinos toscos y poco dados a modernismos. Mis pacientes, o más bien pacientes en potencia remota porque la Naturaleza, a través de sus agentes, se encarga de endurecerlos e inmunizarlos de la mayoría de bacilos y demás tristes atributos de la civilización, disimulaban con desgana su escepticismo ante una ciencia de la que yo era representante oficial y que apenas conocían a través de los hierbajos y ritos de sus curanderas. No obstante, los éxitos ante algún catarro pertinaz, merced a la Penicilina, hicieron que disminuyera la tensión, y que fuesen requeridos mis servicios en fácilmente contadas ocasiones. Aunque también los remedios de las curanderas tenían eficacia conseguí ganarlas por puntos; es decir, por velocidad.

*                      *                      *                      *

La capital del valle era una aldea de poco más de dos docenas de casas apiñadas alrededor de una iglesia sin campanario. Allí residía la “elite” del valle, entre la que honrosa y modestamente me incluyo. Los demás de reducido grupo eran el cura, un sesentón de los que salían del seminario sin más latines que los de la misa y sin más civilización que la estrictamente necesaria en aquellos agrestes parajes; el maestro, aldeano educado durante seis años en un colegio de frailes y, posteriormente, en una Escuela Normal; su misión se reducía a enseñar las primeras letras a los alumnos más dispuestos del valle, y digo las primeras letras porque no eran muchos quienes conseguían aprender las últimas, bien porque las faltas a clase eran superiores a las asistencias gracias al mal tiempo del invierno, al bueno de la primavera y la vacación del verano, o porque los padres de los mozalbetes juzgaban más interesante la labor de cuidar cerdos y vacas en los altos prados que la de perder el tiempo entre sillas, bancos, canciones y mapas de colores. Estos dos personajes, accidentalmente el alcalde, lugareño sin desasnar cuyo mérito municipal era la posesión de bastantes robadas de tierras, y un servidor éramos los componentes de la tertulia de todos los atardeceres, del tresillo de la mayoría de ellos, y oficiante y acólitos en las misas parroquiales.


Llegó un memorable 24 de diciembre. Todo el paisaje visible se hallaba cubierto por un mínimo de treinta centímetros de nieve. En la escuela, vacaciones. Oscurecía. Estábamos los tres inseparables en la cocina del Sr. Cura. Un ama vieja y poco dada a conversaciones se entretenía cocinando la cena de Nochebuena. Habíamos estado de caza y capturamos un jabalí. No nos andábamos con remilgos y estábamos dispuestos a darnos un banquete. Había también un buen trozo de cordero asado, botellas de vino tinto de marca que el maestro había encarado en la Capital a través del coche de línea, sabrosas castañas asadas, e incluso algunas confituras y turrones, tal vez presente de los buenos aldeanos al guarda y cultivador de sus almas. Debido a la inclemencia del tiempo y a mal estado de las sendas, peligrosas por la cantidad de ventisqueros, el señor cura, haciendo uso de su prudencia, optó por suprimir la misa de Gallo. Como luego supimos, tal supresión no preocupó en absoluto su conciencia, pues el buen Don Marcelino, que así se llamaba el cura, era amigo de la buena mesa y aceptaba con harto sacrificio el ayuno de Nochebuena para celebrar la misa de Medianoche.

Estaba la mesa puesta, con el mantel blanco y los cubiertos “buenos” reservados para las grandes solemnidades con invitados por medio. Había tazas de café y copas. El olorcillo era sumamente agradable.

–              Toc, toc, toc. Golpes firmes y pausados.

–              ¿ Quién llamará a estas horas?- dijo el ama, demostrando, por primera vez en toda la tarde, que sabía hablar.

–              ¡Vaya por Dios!- intervino el cura- ¿Qué novedad será ésta? Y dirigiéndose a mí: Prepárate, que es seguro que Dios tiene dispuesto que hoy se nos muera alguno y ni tú ni yo cenemos en  paz.

El ama, entretanto, había bajado ya hasta el portal, pero no fue necesario su regreso para enterarnos del mensaje del nocturno visitante. El eco de las voces subía escaleras arriba acompañado de una corriente por cierto nada agradable. El cura dio un respingo de satisfacción cuando oyó que no era a él a quien se buscaba, sino a mí. Yo no pude reprimir un pequeño improperio a espaldas del Padre Marcelino. El señor cura se volvió hacia mí infundiéndome con sus miradas, sus palabras y todo su ser, cristiana resignación.

*                 *                      *                      *

El mulo caminaba hincando las patas en la nieve. Cada uno de los resbalones me llenaban de temor. Pero, gracias a Dios, la cosa no pasó del desliz. A pesar de que yo me había pertrechado lo mejor que supe, ayudado por mis inseparables amigos, por todas partes sentía la frialdad de la ventisca. Más de horas cabalgué lentamente entre la nieve, siempre hacia arriba, en busca del último caserío del último pueblo del valle.

¿Y la noticia? ¡Pues no era gorda la noticia! Había venido Pascual, el hijo de Pascual y hermano de la Pascuala. Que su hermana iba a dar a luz, y que su padre estaba engañado por la familia y que creía que no se trataba sino de un cólico o algo por el estilo, y no eran infundadas las reservas de la familia ante el tío Pascual, bruto como un arado, teniendo en cuenta que la Pascuala era soltera.

Llegué. Pascual, su hijo y su mujer esperaban en el portal, con un candil de aceite colgado del barandado de la escalera.

–              Buenas noches nos dé Dios- dije fingiendo buena cara al mal tiempo y sin acordarme demasiado de que estábamos en nochebuena.

–              Igualmente, igualmente- me respondieron a coro.

Me acompañaron a la cocina. Sobre el fogón, que ardía con todo su vigor y todas sus calorías, hervía un cubo de agua. El tío Pascual, sordo como una tapia entre otras cosas, se había empeñado en que le pusieran a la enferma bolsas de agua caliente.

–              Nada- decía a grandes voces, olvidándose de que allí el sordo era él. Contra los males del vientre, agua contra más caliente, mejor.

Tuve que hacer grandes esfuerzos para explicarle que había pasado un buen trozo de mi vida estudiando para atender a los que, como su hija, no estaban bien de salud, y que yo decidiría qué era lo que había de hacerse. No pareció quedar muy convencido, pero desapareció por la puerta de la cocina.

Después de observar a la parturienta opiné que todavía quedaba media o una hora de tiempo. Me dieron de cenar. Unas sopas de ajo y un trozo de pichón. Y, para postre, castañas asadas. El tío Pascual era muy buen cazador. Según él, porque como no oía, no le temblaba tanto el pulso ante el fragor de los disparos.

Cuando el tío Pascual volvió a la cocina tuve que explicarle lo mejor que pude lo que iba a suceder. Puse las manos a modo de megáfono y las apoyé sobre su oído derecho, que era el que todavía percibía algún que otro sonido.

–              Tío Pascual- grite con toda mi alma- Va usted a ser abuelo.

–              ¿Qué?- pero comprendió. Quedó pensativo y no dijo nada más. Desapareció cabizbajo por la puerta.

Tomé el caldero de agua caliente y unas toallas limpias y me dirigí hacia la habitación de la enferma. Los ayes se iban acentuando. Había llegado el momento. Abrí mi cartera de cuero negro y comencé a preparar mi instrumental de urgencia. Estaba agachado en el suelo, recogiendo unas pinzas que se me habían caído cuando oí, tras de mí, un crujido. Me volví. El tío Pascual, de pie en el umbral, apuntaba su escopeta de dos caños hacia el vientre de su hija. Di un salto y le di un empujón. Los disparos destrozaron la ventana del cuartucho. El tío Pascual, con la escopeta humeante apoyada en el suelo, dijo: No quiero nieto, si antes no tengo yerno. Y comenzó a llorar roncamente. Su mujer e hijo, que acudieron ante el estruendo ensordecedor, se lo llevaron.

En la noche de un frío 24 de Diciembre un niño nació felizmente en las montañas. Y un mes más tarde se celebró una boda. Los padres bautizaron al niño con el nombre de Jesús. Y me han contado que el yerno suele decir a su suegro: -¡Herodes, más que Herodes! ¡ A buena hora van a encontrar mejor Herodes que tú en las comedias de la Casa Parroquial!

FIN









Anatomía de la matrioska

Autora: Beatriz Carilla Egido (Zaragoza, España)

Víctor Martínez Parreño

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