PRIMAVERA GRIS

27 06 2010


Ya no quedan arboledas

donde aliviar la tristeza,

casi todas están llenas

del estertor de la fiesta,

de arruinadas papeleras

entre vasos y botellas,

de miradas que te acechan,

de risitas que se ceban

en los traspiés de las viejas,

de almas grises que no sueñan

y otras almas que desertan.


Ya no quedan arboledas

donde aguardar las respuestas,

sólo quedan en las piedras

las preguntas boquiabiertas,

los silencios que recuerdan

el vibrar de las ausencias,

y ese vértigo que enhebra

en sus ojos la monserga

de amenazas y reyertas,

cuando la noche se acerca

y con la nada se acuesta.


Javier Igarreta Egúzkiza (18/06/10)





EL BORRÓN

5 06 2010
Un relato de Manuel Igarreta Egúzkiza

Luisito tenía siete años. Era, como suele decirse, un angelillo, y un sol, al decir de doña Filomena, su madre. Aunque, si hemos de ser veraces, coincidiremos con el maestro del pueblo que lo tiene por angelito de los bajados del cielo a escobazos, por ciertas travesuras de diablillo candoroso que hacían de él un angelote picaresco de navidad.

¿Se han dado ustedes cuenta de que los diablos también son ángeles? Pero ángeles negros de fiera mirada y … con cuernos. Luisito era un niño rubio de ojos azules, un ángel joven, un ternerillo sin cuernos.

*                           *                          *

El “pueblo” de Luis no es un pueblo. Un puñado de casas blancas clavadas con pinos a las faldas de un monte. Uno más, igual, entre las minúsculas aldeas de los Bajos Pirineos. Las calles, que tiempos ha estuvieron empedradas, murieron a cuchilladas bajo las llantas metálicas de los carros. Por eso en verano son de polvo y, cuando llueve, de barro.

La arteria central, pendiente, contiene un regacho en el centro y, dado el carácter lluvioso de la región, muy pocas veces está transitable a lo largo del año. Caminos de carro, a vueltas y vueltas, descienden al soto. Allí, corre tranquilo el río, minúsculo, en silencio, cubierto de matas y arbustos. Sólo se escucha el leve murmullo del agua cuando besa los guijarros y muy cerca, en paralelo, corre otro río. Éste, de asfalto. Carretera general, camino de Francia. Allí los senderos afluyen; otros vadean el río en puentes rústicos, de estilo aldeano, en busca de huertas, del pueblo vecino; o bien serpentean, lomas arriba, en busca del viejo castillo, hasta la fuente tranquila en que bebe el pastor en días de agosto. Los viejos hablan de “Ichuru”, el monte legendario de brujas y aquelarres, desconocido ya para los jóvenes que no van al campo. En lo más alto del pueblo, la iglesia. Y la cruz de la iglesia en el alto. Una cruz que se quema año tras año, cuando el rayo de negras tormentas, tras la casa del noble labriego o tras el pastor y su rebaño, encuentra la cruz salvadora, la quema … Al día siguiente sube un zagal al monte y coloca una nueva cruz, de palo. Nadie conoce mejor defensa ni mejor pararrayos.


No sé porqué en todos los cuentos sale un día sombrío, de cielo cubierto por nubes opacas. Un día de estos comienza nuestra historia.

Cinco dindanes de bronce cascado en el reloj de la vieja torre, que, según dicen, se mantiene en pie por no dar trabajo, pequeño milagro de un pueblo que no cree en milagros. Como todos los días, esas cinco campanadas son una sola señal. El maestro reza una salve, y un credo, y un padrenuestro al patrono del pueblo. Todos los chicos salen al patio, no sin antes haber cantado un himno nacional con sones escatológicos y haber liberado de la intemperie una bandera descolorida, de trapo. La tarde amenaza tormenta. En el horizonte, algún relámpago silencioso. La algarabía de tanto chiquillo ahoga conatos de trueno. Comienza el juego, y dura poco. Se intensifican los ruidos del cielo; con las primeras gotas se rompe el marro. La Felisa llama a sus hijos mientras Perico mete el caballo a cubierto. En el patio de la escuela los amigos de siempre prosiguen su juego. Tute, retute y gua. Son Pancho y Luisito. Y entre bolo y bolo, entre chiva y chiva, entre polvo y barro, surge la duda. ¿Se pueden coger los rayos? Pancho dice que sí; no está Luis tan seguro. La dificultad está en que queman. Pues creen que los rayos son barras torcidas de hierro forjadas en la fragua de Vulcano. Luego, Dios los deja caer del cielo y quedan en la tierra, enterrados. Y el que los encuentra se hace rico, porque hay señores de la capital que pagan mucho dinero por esas minas de hierro que se han formado con rayos. De la porfía nace la apuesta. Pancho quiere coger un rayo; Luisito dice ¡imposible! Y deciden subir al monte a comprobarlo. Quien tenga razón gana cuatro canicas, cuatro canicas de barro.


En animada charla el camino parece más corto. Quedó la iglesia allá abajo. La cruz del monte aparece y desaparece como la luz. La luz no existe en la noche negra. Sólo brilla, de vez en cuando, una culebra de fuego en medio del estruendo. Luisito siente miedo, pero calla ¡no va a ser más cobarde que Pancho! La cruz está ahí.

–              A ver. Pon la mano, Luisito.

–              Primero tú, que te toca, Pancho.

Luisito alza la mano, indeciso. Hay que esperar que caiga un rayo en la cruz. Ahora toca a Pancho. De pronto, un rayo ha bajado del cielo. Todo ha sido un segundo. Menos. Todo ha sido un relámpago. Confusión. Gritos. Llanto. Llamadas. Pancho, tendido en el suelo, no responde. Luisito corre hacia abajo. Cae y tropieza, tropieza y cae, pero no siente los golpes. Cuando llega a casa, horrorizado, cuenta que ha visto dos rayos . Uno del cielo a la tierra y otro de la tierra al cielo. El alma pura de Pancho fue otro relámpago.

Al día siguiente un muchacho sube al monte. Lleva dos cruces: una de piedra y otra de palo. Y un letrero que dice:”Aquí murió Pancho.


Un entierro de pueblo. Han venido todos los curas del valle. Cantan con voz ronca desde el coro. Nadie trabaja hoy. En el cementerio, todos son llantos. Todas las mujeres lloran, tal vez por costumbre. Luisito también llora, y la gente le dice:”Tú lo mataste, desgraciado”. Mientras bajan la caja a la fosa los siete curas rezan siete responsos. La gente va tirando puñados de tierra.

–              Anda, Luis. Despide con tierra a tu amigo Pancho. Junto con ella, Luisito echa cuatro canicas de barro. Y parece oírse una voz: ”Gracias, Luis. También en el cielo jugamos a bolos.


___________________________________________

¿Otro día más? Para muchos, sí. Luisito dice que no. Hoy hace un año.

Son las tres de la tarde. Comienza la clase. Entran los que nunca llegan a punto, con un Ave María Purísima en los labios. El maestro dice: “Sin Pecado Concebida. Sentaos. Sentaos”. Y con un libro forrado en cuero comienza el dictado. Luisito recuerda. Hay un sitio vacío en clase. El maestro, pausadamente, sigue dictando. “El ángel de Aralar es el tema”. Luisito se confunde. Cuando escucha ángel pone Pancho.

–              … “y fue derrotado el diablo”.

Nueva falta. Cuando acaba la frase se ha producido un desmayo. Luisito se ha caído al suelo, y un borrón de tinta negra ha tachado el “blo” de diablo. Nueva frase. “ y fue derrotado el dia”. Don Valeriano, el maestro, puso un acento inclinado en dia. ¿Fue derrotado el día? La noche llegó a media tarde con un vagón de relámpagos. Luisito, en cama, delira. En el pueblo se comenta: -“el hijo de la Filomena se muere. ¡Precisamente hoy, que hace un año!” En medio del delirio Luisito escucha: “hoy mismo jugarás conmigo a bolos en el Paraíso”.


FIN









Anatomía de la matrioska

Autora: Beatriz Carilla Egido (Zaragoza, España)

Víctor Martínez Parreño

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