LA LECHERA

13 04 2010


Iba un universitario por el camino de la vida. A pesar de ir en la carrera, lo hacía lentamente y meditando cada paso para no dar un tropezón.  Mientras caminaba, pensaba no en el pasado, que parecía demasiado triste, ni en el presente, que parecía confuso. Pensaba en el futuro que, aunque incierto, siempre permite campo ancho a la imaginación sin excesivos compromisos.

– Con estos dos talentos, pensaba, me haré dos carreras. Una carrera me dará dinero; la otra formación, y hasta brillo; las dos, capacidad de servicio. Cuando haya terminado me comprometeré seriamente en la hechura de un mundo mejor, de acuerdo con los principios que durante estos años haya asimilado. Cuando me haya formado, cuando por fin sea yo, tendré capacidad de darme, y me daré por completo. Seré un profesional honrado, un ingeniero intachable, plenamente humano a pesar de la frialdad de los números, plenamente responsable a pesar de la inconsciencia de las máquinas, evangélicamente pobre a pesar del probable bienestar económico. Seré más amigo que director, más servidor que juez, más pueblo que “élite”. Pondré todos mis esfuerzos en la redención de la clase obrera, apoyaré la participación en la empresa, la anulación de las injustas diferencias en los salarios.

En esto, el universitario se dio cuenta que había llegado al final de la etapa. Colocó los libros, bien ordenados, en su biblioteca, y ocupó su puesto. Y desde allí vio a casi todos los hombres tan lejos que creyó haber vivido equivocado hasta entonces. Y vio que allí se estaba bien, y que a veces los principios mejor están escondidos en el fondo de la mente, para hacerlos brillar en torrentes de palabras en tertulias, donde resbalan plácidamente, pero no en ciertos sitios donde pudieran tomar  la palabra y crearse una situación de compromiso. No volvió a moverse de aquel puesto alto más que para recoger el reloj de oro que un día se le cayó y que estuvo a punto de ir a parar a manos de los de abajo. De vez en cuando solía regalarles unas cajas de puros y trajes, todavía en buen estado. Y dicen que algunas veces le remordía la conciencia, pero que con tesón pudo acallarla para siempre.


FIN








Anatomía de la matrioska

Autora: Beatriz Carilla Egido (Zaragoza, España)

Víctor Martínez Parreño

Jugando con las palabras y las imágenes

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