LOS QUE SE QUEDAN

20 03 2010

(Relato de Manuel Igarreta Egúzkiza)

Desde el último agosto no había estado en el pueblo. Lo encontré como siempre: con sus calles de polvo, sin piedras ya bajo el peso de los carros; los regachos, secos; el verde de los prados y el berrendo en negro de las vacas; las encinas y los pinos. Todo como siempre.


En la cocina antigua, donde el fogón había sido sustituido por el butano, con el mirador abierto y la brisa a raudales, recorrí una vez más con el pensamiento aquellas fachadas sin cal y pensé mil preguntas que hacer a la tía Alejandra cuando volviese del asca con las vacas.

– ¿Juan Pedro? Hace tres meses que se fue a las Américas. Lo reclamó su tío Luis. Tenía una buena oportunidad: doscientos dólares y mantenido.

Y me contó cómo fueron a despedirlo hasta Bilbao; cómo todos lloraron, incluso él, que era ya un hombre de veinticinco años, cuando el barco se fue separando del muelle. Después del agitar de pañuelos en alto sólo quedaron lágrimas en los ojos y una estela blanca, de espuma, en el mar.

También se fueron los de Pascual. El marido encontró una colocación en Pamplona, en una huerta. Tenían un piso muy bonito, con una cocina coqueta que daba gusto verla. La mujer de Pascual reía de satisfacción ante las visitas, y recordaba con un gesto huraño aquella otra casa del pueblo, muy fría y con capacidad para un regimiento. Cuando el sol comenzaba a ponerse anémico, allá por Todos los Santos, solían cerrar un espacio mínimo alrededor del fogón. Si algo falta a Pascual no es la habilidad. La mitad de uno de los tabiques quedaba formada por un enorme escaño de chopo. El resto quedaba cubierto por un entramado de troncos de pino, y tablas que Pascual consiguió desvencijando unas cajas de sardinas.

La tía Alejandra –ella nació allí, en el pueblo- se ponía muy triste cuando me iba nombrando a los desertores del campo. No era una familia, ni dos. En un año sólo quedaban catorce familias de treinta. Quise llorar por los que se ven obligados al éxodo. Cuando abrí los ojos, ya no fue lo mismo. Entonces lloré por los que se quedan.


En el pueblo comenzó el primer pasacalles de las fiestas. Se oía la música, pero las calles estaban casi desiertas. El acordeonista tocaba sin cesar. A su alrededor bailaban cuatro chiquillos. Yo pregunté: ¿Dónde están los demás críos? La tía Alejandra me miró con un gesto que yo juzgué de sorpresa. Y respondió: No quedan más.

*                 *                      *                      *

En el río había muchísima gente. El sol atizaba con fuerza. Un río demasiado seco. “La peña”, “El pozo”, “La Balsa”. Tres lugares concurridos. Aquello era un amasijo de carne y barro disuelto en unos litros de agua.

En las riberas, a la sombra de los chopos, las escenas de siempre. Venían de la ciudad, donde la canícula amenazaba con derretir el asfalto. Con unos cantos del río y restos vegetales de la última crecida construían su hogar silvestre. El río admitía sin protestas aquellas avalanchas dominicales y no se escandalizaba ya del nudismo, como los abuelos del pueblo, a fuerza de costumbre. Había que abrirse a los tiempos nuevos. Aunque sí sonreía burlón ante aquellas carnes sesentonas, blancas y fofas, que bailaban dentro de trajes de baño ridículos, pero muy de última moda.

La intransigencia de mi pueblo está encarnada en Don Javier. Don Javier es el cura del lugar. un cura gordo, de dos generaciones más atrás. De los que juegan al tresillo en las tardes de invierno, de los que estiran de las orejas, de los que recitan sermones aprendidos de memoria en un libro de pastas color caramelo.

 

Iglesia de Santiago Apóstol de Oricáin

Mientras el río hervía de gentes fugitivas del asfalto, la voz ronca de Don Javier terminó la quinta decena del rosario. Miró los bancos de la iglesia, y pensó muchas cosas arrulladas en versos de letanía. Aún recordaba aquellos bancos llenos, todos los domingos llenos. Cuando los mozos escapaban de la iglesia al llegar la hora de la procesión, para subir al monte, a tirar cohetes desde el sario. Cuando bandeaban las campanas, de madrugada, en los días de las fiestas. Cuando le robaban los conejos, o los pollos, del corral, o las natillas puestas a refrescar en la ventana, para celebrar una merendola por la tarde, entre tonadillas de jota y porrones de vino alzados en alto.

Hoy, cinco viejas bajo el coro y cuatro chiquillos en el lado del Evangelio. El “Ave María Purísima” final se arrastró por las losas numeradas, con osario debajo, y rebotó hasta la bóveda recién pintada, con pésimo gusto, en imitación a mármol. Un murmullo expresó la impaciencia de los críos. Las pisadas del cura resonaban, cada vez más cerca, en las escaleras de caracol. Don Javier apareció. Los chicos quedaron automáticamente mudos. El cura cogió a uno, al azar, por las orejas, y lo llevó así, para vergüenza del crío, hasta el fondo de la iglesia, al lado del baptisterio. Al pasar junto al señor maestro, dijo el cura en voz baja, muy baja:

– Don Matías. Hoy tenemos partida.

Y, a continuación, abrió la puerta de doble batiente, y sumergió la cabeza del mozalbete en el agua bendita, mientras murmuraba las palabras de su ritual particular:

– Toma agua bendita, condenado, que aunque tragues toda la pila no van a salir los demonios   que llevas dentro.

*                      *                      *                      *

En la carretera general están los arrabales del pueblo. Son ocho edificios esparcidos, a los dos lados del mojón siete, a lo largo de medio quilómetro. Uno de los primeros edificios es la casa del médico, un chalet de nueva construcción; luego, la bodega. En realidad, la bodega sólo ocupa la planta baja. En el piso vive el veterinario.

La bajera, con persianas metálicas, tiene cinco grandes depósitos de cemento, un almacén de barricas y un garaje para el camión de reparto.

El encargado, un muchacho alto y moreno, es el menor de los ocho o diez hijos del dueño.

La bodega es el lugar de reunión de los mozos del pueblo. No sirven vino en pequeñas cantidades, pero a nadie se le niega un vaso de tinto. Todos paran allí cuando vuelven del trabajo.

*                      *                      *                      *

Desprecié el carretil por su excesivo rodeo y bajé lentamente por el camino pedregoso de mi niñez. Entonces conocía al detalle cada parte del camino. Sabía la forma de las piedras, dónde había matas de arañones o de moras. Después de tanto tiempo todavía reconocí la piedra con la que me hice una brecha en forma de herradura.

– Hola, Luis.

– ¡Hombre! ¿ Tú por aquí? Creía que este año no vendrías a las fiestas. De todos modos, para lo que va a haber …

Luis tomó de un cajón una tuerca de azufre y la colocó en un alambre. Una rata salió precipitadamente entre un montoncito de tapones de corcho usados. “Chiqui”, un perro minúsculo y viejo hizo lo que pudo. Se oyeron los ladridos alejarse en la calle.

– ¿Tienes fuego?

Saqué mi encendedor. Del azufre en ebullición comenzó a salir una llama verdosa. Un gas asfixiante me hizo toser. Luis trepó a uno de los enormes depósitos. la escalera crujió. Colocó el azufre hirviendo en el interior.

– Es para desinfectar la cuba ¿sabes?- aclaró.

– ¡ Ah, ya ¡

El lechero de Lizaso frenó con un chirrido prolongado. Saltó de la cabina de un Studebaker desvencijado y cargó dos garrafones.

– Oye, Luis. Apúntalos en el libro.

Luis escribió: Miquelarena, 32 litros.

Mientras tanto yo me acerqué a la báscula. Había adelgazado cuatro quilos en pocos meses. De la pared colgaba un calendario de propaganda. La fotografía representaba a una actriz de cine, rubia, sensual, exuberante de formas. Luis sonrió por bajo, socarronamente.

– No es de verdad. Se lo he pintado yo.

Con mano insegura Luis había prolongado el busto con tiza hasta la exageración.

– ¿ No vais a traer música?

Luis hizo un gesto indefinido.

– Estamos pocos mozos y nos va a tocar pagar a cuarenta o cincuenta duros. Por ese precio es preferible pasar un día en San Sebastián. Además, el Ayuntamiento no quiere pagar nada. Hicimos un “papel”, pero Heriberto dijo que no. Y este año no vamos a ser tontos como el pasado. Que cuando vengan los parientes se den cuenta de qué clase de pueblo es este. En Arre pagó toda la música el pueblo, y todavía invitó el alcalde a los mozos a una merienda, por haber colocado el quiosco.

Luis introdujo la manguera de la bomba en una cuba de tinto. El vino comenzó a correr cuesta arriba hasta el depósito recién desinfectado.

– ¿Es Heriberto el alcalde?

– No, el alcalde es Errea, pero Heriberto dice ¡no! y nadie se atreve a llevarle la contraria. Dice que el concejo está pobre, que todavía no han pagado las casas nuevas que hicieron para el médico y para el maestro, que van a traer las aguas a los de arriba …Pero no puede ser verdad, porque ya no sé cuántos años llevan pagando y no sé qué hacen con el dinero de las hierbas y de los chopos.

Un ruido de motor chillón iba aproximándose por la carretera. Un foco de luz amarillenta vino directo hacia la puerta de la bodega.

– Es Salinas.

Sí. Era Javier Salinas. Un muchacho de veintidós años que no aparentaba más de dieciocho. Trabajaba en una fábrica de papel, dos quilómetros carretera abajo. Apoyó la motocicleta en el muro y encendió un cigarrillo.

– ¿Qué se comenta?

– Nada. estábamos hablando de la música.

– ¡ Que le den morcilla ! No digo que no me gustaría darme un par de arrimes con la Feli, pero por el mismo precio …

– Más barato.

– … eso es, más barato, prefiero marcharme a la Chantrea. Más chicas, más guapas, y menos viejas mironas alrededor del baile.

Salinas se acercó a una cuba, introdujo una goma, sopló y sacó tres vasos de vino.

– Yo creo – dijo Luis- que por lo menos podíamos llamar a Jesús, para que venga con el acordeón. Para los del pueblo es suficiente. Se le dan trescientas pesetas, y todos contentos.

*                      *                      *                      *

Después de una larga discusión entre varios mozos más que fueron llegando, José Antonio marchó en busca de Jesús, el acordeonista.

Cuando el acordeonista llegó, las estrellas jugaban al escondite entre las nubes. Las estrellas hacían guiños de burla y las nubes comenzaron a llorar.

El acordeonista no quiso mojar las arrugas de telas. Las muchachas no salieron aquella noche de casa, porque aquellos padres, son así. El padre dijo: “Hoy, a la cama, que el bochorno y la lluvia no son buenos para las mozas; que los zagales se emborrachen en la taberna, pero solos. Que los mozos se encalabrinan con el vino, y sin aire libre no hay vigilancia. ¡A dormir!, he dicho. Que no sería la primera noche lluviosa de fiestas en que se ataron para siempre dos bueyes de distinto yugo”.

Y aquella noche los mozos esperaron a las mozas en vano. Vino una, no moza por edad y menos por virtud. Pancho, el cantero, se encargó de ella. Bebía tanto como Pancho. La taberna se cerró a las cuatro de la madrugada. En la pajera más próxima había varios durmiendo. Y en la orilla del río algunos muchachos pescaban cangrejos con linterna. Nadie se acordó ya de Pancho ni de ella.

FIN

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